EL FINAL DEL VIAJE
Los surcos de la vida marcan sus manos;
el pelo, si queda, es cano
y los dientes son ajenos.
Achaques y dolencias son su rutina
y una peculiar neblina
cubre su mirar sereno.
Sus relojes avanzan con menos prisa
y el suelo por donde pisan
es menos firme que antaño.
El mundo donde habitan tiene fronteras
y muchos viven o esperan
entre cuartos aledaños.
Sus semanas transcurren sin distinciones,
en constantes vacaciones,
y carentes de cariño.
Los más afortunados pueden valerse
pero muchos deben verse
más dependientes que niños.
Con pocas ilusiones en sus bolsillos
anidan en los tresillos
viendo cómo el tiempo pasa
y haciendo de la tele su compañía
van sucediendo los días
con emociones escasas.
Su mirada se empaña con los recuerdos
y los más y menos cuerdos
tienen tanto que contar…
Y sentados aguardan pacientemente
que aparezca algún oyente
con quien poder conversar.
Resignación y pena en su equipaje
porque el final de este viaje
deja sensación amarga:
el último trayecto no es ningún premio
cuando hacemos que este gremio
se sienta como una carga.
Su presente refleja nuestro futuro
al que es más que seguro
que la mayoría lleguemos.
Y hacer digna y agradable su partida,
tras lo que han hecho en la vida,
es un deber que tenemos.

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